Impotencia, rabia, indignación y tristeza, eso es lo que predomina en mi sistema en estos momentos, pero a todos nos pasa cuando el que se ve afectado por injusticias, es un ser querido muy cercano a nosotros.
A veces, las situaciones se nos escapan de las manos, sin darnos cuenta de cómo terminamos ahí.
Situaciones abrumadoras.
Indiferencia entre iguales.
No hay testigos, pero todos vieron lo que paso.
Disociados desviando, la atención indeseada, de sus actos ilegales.
Actos de violencia verbal que dejan daños emocionales.
Represión, repudio, indiferencia y apatía social.
No hay autoridades.
Otro acto de odio social.
Seres humanos reclaman derechos humanos, pero no son humanitarios.
Cuántos más deben morir, para entender que la crisis no es solo económica.
Universidades inseguras, templos que perdieron sus principios de diversidad de pensamiento.
Estudiantes descontrolados y violentos,se refugian tras una mal interpretada autonomía.
Nadie hace algún esfuerzo por controlarlos.
Todos saben de los hechos, pero no hay valientes que los sancione.
Actos de injusticia ocurren a diario.
No existe sentimiento más placentero, que el de ir a dormir con la conciencia tranquila.
No existe mortificación más grande, que la de ver y escuchar que un ser querido es atacado injustamente.
No existe dolor más grande, que cargar con un corazón congelado, odio reflejado en las pupilas y una memoria selectiva.
Sin darnos cuenta, la justicia divina llegara y se hará sentir.